martes, 19 de marzo de 2019

Y un día volviste...



Cuando el suplicio finalmente estaba mermando,
El lobo se asomó cabizbajo y estiró su mano.
Suplicando ayuda y clemencia,
Intentando revolucionar el dolor con violencia.

Su objetivo: tener a la oveja a su merced,
Hundirse en su espuma para no perecer.
Ahogándose en lágrimas de diablo,
se relamió silenciosamente sus labios.

No concibe la idea de no poseerla,
Desde aquella noche donde depositó sus moléculas.
No contaba con la rebeldía y la resistencia,
De que la oveja anclara su esplendor y consciencia.

Esa era la flecha que iba a condicionarla,
Por eternidades inmensurables, encarnadas.
Ella tomó las riendas, supuso un sacrificio,
Y en su corona quedó sellado e inmaculado, el suplicio.

Es por esto, el lobo seguirá latente y regodeante,
Posando sus ojos sobre su sombra, orbitante.
La oveja, tan susceptible, aún no ha de librarse,
Aún sigue prisionera de su compatible antagonista y semejante.

A veces tiene momentos de lucidez,
Pero su naturaleza carnera y carnada es.
Hasta que no se someta al vacío, él no la dejará,
Sus colmillos encastrados, su perfume destilará.

Con la última gota de sangre ella luchará,
Su intermitente invierno con su lana no abrigará.
Será cuestión de tiempo de la ponzoña y los vicios,
Que azotarán su cabeza conduciéndolo al desperdicio.

La longitud del tiempo tiene baja frecuencia,
El calvario se asienta en la inconsciencia.
En el final, la persistencia y el rigor triunfarán,
Y las heridas, y los huecos calcificarán.






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