miércoles, 3 de abril de 2019

La vida transcurre en la cabeza.



Como un pájaro enjaulado se halla mi mente en mi cabeza, que la vida me transcurre por imágenes que se proyectan dentro a través de mis ojos y subjetividad desinteresada.
Mi cráneo está sumergido en ecuaciones, en recuerdos, en arrastres. Mi verdadera voz se encuentra apagada, silenciada.
Cuando mis dedos hunden estas teclas, ¿quién es la que escribe?
Me ahogo en violencia, no aguanto sentir tanto asco.
Se transforma en la bestia, en el Minotauro desolado, hirviendo en rencor. 
¿Cómo algo en esta vida puede ser justo?
Estoy tan posesa que las profundidades y conclusiones se me hacen incomunicables. No puedo ordenar las ideas, no puedo establecer una cronología.
Se vuelve un océano de aberraciones firmemente arraigadas por el resentimiento.
Descubrí el placer de reprimir placeres. Cada día me perfecciono más en destruir mis emociones.
¿Será esa la clave para ser más intelectual?
Somos muchas personas acá, los sentimientos son una avalancha contraproducente.
Los placeres distraen de la esencia, lo dijo Sócrates.
Sin embargo dudo mucho alcanzar, aunque sea, con las yemas de mis dedos el Nirvana.
A veces me invade un terror descomunal.
Los años pasan y la evolución es introspectiva. ¿De qué sirve si nadie lo puede ver?
La esencia, la esencia. Pero ¿es que alguien en este pobre mundo observa más allá del envase de carne y huesos que estamos hechos?
En esta supresión de deseos me deshice de toda atadura. Me sirvo del vacío, cuando alguna vez me hallé cómoda encadenada a envases mundanos.
Por primera vez, la incertidumbre no me parasita. ¿O lo está haciendo y ese sentimiento se esconde en el fondo de mi cráneo?
El tiempo sigue transcurriendo y me alegra no sentirlo lento, me desespera pensar en llegar a la vejez y que mi mente se deteriore junto con mi cuerpo.
Pero a veces quisiera que se me practique una lobotomía.
Necesito despojarme de todo vestigio de sentimientos.
Sino ¿cómo podría situar mi vida en una cronología?
El desorden se debe al temor.
Y se encuentra encastrado como la espada del Rey Arturo.
Otras veces quisiera no haber estado ni cerca de un libro, toda esta apertura mental es un castigo.
No sé utilizar mi cuerpo, no sé cómo hacerme entender que también es una parte mía.
Siento cada palabra dicha en Fedón. Es mi maldición.
Me despojé de tantas creencias teológicas y esperanzadoras, y me suspendí en la religión filosófica.
Pero hay algo innato en mí, que es lo que me llevó a estos lares.
Soy un estigma, una vida con mal karma, una fábula mal concebida.
Y a la vez me amo, y adoro mi cerebro.
Todo está relativamente en desconcierto, incoherente, mal conjugado. 
Mi libertinaje es una condena.