Nadie le dijo que la electricidad producida en su cerebro estaba en otra frecuencia.
Nadie le enseñó a amar de la forma correcta, ni a sus pares ni a su cuerpo.
Nadie le explicó los parámetros de lo normal.
Nadie nunca le enseñó los valores de la vida.
¿Y si hoy se muere, qué dejará?
Un conjunto de órganos desplomados sobre una cama,
un ideal muerto, una sombra de un intento fallido,
una fuerza de espíritu, un siniestro con nombre y apellido.
Nadie puede omitir detalles, porque éstos son los que construyen el interrogante.
No se puede ir a la consecuencia sin el proceso,
todo cuento tiene su inicio, nudo y final.
No se puede saltear el orden cronológico ni se pueden obviar los factores.
Y sin embargo, los detalles brillaron en su ausencia,
nadie nunca preguntó ni se interesó,
sólo estaba allí, en el útero esperando quebrar las entrañas,
sin tener noción de las capas de materias que construyen el universo.
Y ahí está, atrapado en su envase,
por más que quiera escaparse de su alma siempre va a estar sujeto a ella.
No se puede volver a empezar desde cero en cierto punto de la vida.
Hay procesos que son fundamentales en momentos estrictos.
No hay tiempo para el no conocimiento.
Tampoco se puede culpar a los demás de no haber forjado algunas características.
Algunos no tienen cualidades o dones natos.
Algunos no nacen del todo humanos, o al menos de los dotes estereotipos que se le han adjudicado.
Habría que conscientizar de que las malformaciones y los errores no están todos a la vista.
Que su cerebro se ve normal pero su mente no lo es.
Los Dioses no son tangibles ni posibles de ver,
los demonios también.
Y entonces se encuentra que en su lecho de muerte nunca nadie supo nada,
y aunque supieran algo, no lo hubieran entendido,
porque no entra por los sentidos físicos, sino por la consciencia,
aquella religión de la que nunca se habla en estos días.