A veces se superponen los duelos. ¿Cómo elige la insconsciencia? ¿El que cala más hondo? ¿El más superfluo?
Dado mi historial, me gusta torurarme, me gusta ser la asesina.
Mis dedos afilados como guadañas.
Mi locura fue la culpable de la primer muerte. La de mi sangre. Me castigaron, me golpearon, me insultaron, me aislaron. La primera no fue adrede, no sabía que toda esta muerte que llevo conmigo se podía salir de mi envase, marchitar a otros, depositar tierra sobre ellos.
¿Es porque mi vida es inversamente proporcional a la de los demás?
¿O todos elegimos vivir después de la muerte?
Es que esta elección ni siquiera es latente, aparece muy de vez en cuando.
Si lo quisiera plasmar de una forma poética, me siento como el brote de una suculenta, que encontró fuente de Carbono en la putrefacción de una sepultura.
Y los años transcurrieron, y las muertes siguieron sucediendo. Con la diferencia que éstas no fueron dentro de mi elección, y creo que es por esto que, no sentí absolutamente nada. ¿Acaso tendría que haber derramado alguna lágrima? No lo creo, porque el punto de partida en esta serie de eventos fue una puñalada profunda, seca y sin cuidado.
Es entonces que volvió, mi desición, mi aparente poder de exprimir la última molécula de oxígeno que queda en los pulmones. El último suspiro, todavía lo oigo resonar en las paredes de mi cráneo, con eco, porque la tortura siempre es melodramática.
Y le puse fecha de defunción a mis apéndices.
La primera vez fue increíblemente dolorosa, sentí como si me hubiera arrancado una arteria coronaria.
Sin embargo, tuve una fuerza desconocida hasta ese momento, un poco de eso mezclado con el poder de reprimir el dolor de forma inconsciente. Aunque aún así, una vez que me encontraba conmigo misma, el dolor era tan espeso que no me pasaba por la garganta.
No pasó mucho tiempo cuando sucedió otra vez, y esta fue como mutilarme de la forma más violenta que conocía. Y eso fue porque mi entorno me estaba apuñalando en cada herida, aún abierta, que mi cuerpo exponía. La única forma era apuñalarme a mí misma para dejar que el torrente de sangre fluya, que toda esa pestilencia saliera de mi cuerpo y que mi corazón se encargara de producir sangre menos tóxica.
Y fue uno de esos dolores que te incapacitan, que te dejan en cuclillas llorando por un poco de afecto materno.
Y el mes pasado, Octubre de 2019, pasó 2 veces. Dos veces en un mes. La guadaña tenía sed, y el hierro corroe la sepultura.
Tanta muerte esconde y pospone el duelo que hago por los vivos. Y como un cachetazo inesperado, te vuela la cara y la paz.
Es difícil hacer el duelo de los vivos, porque tarde o temprano la idealización se sucumbe, la justificación se desarma y la esperanza azota. Los recuerdos afloran con espinas.
Es momento de enterrar, aquello a lo que mi guadaña es inmune. Aplicar la eutanasia a esa porción coronaria que se nutre del engaño.
Y es tan viejo, que yo misma no lo puedo creer, pero en este momento, en este preciso momento, donde tiene atisbos de volver a tocar la puerta, a derribarla, es cuando hay que cavar muy profundo, mucho más sobre el límite de sepultura, quizás hasta el centro de la Tierra, para reventar y destrozar todo el relieve de su rostro con la pala.
