Edipo revestido de Adonis y miel,
cual cebolla arranqué cada capa de tu piel,
mis lágrimas regaron las calas y ornamentos
de todos los muertos acomodados en sus lápidas de cemento.
Caí en tu vórtice, en sedimentación,
nos amalgamamos en una ponzoña aleación.
Fui la tierra fértil de tu pantano,
germinamos en lo insano.
Arrancamos los esquejes, me obligaste.
Esa sangre, nuestra sangre se deshace.
Comprometido de Mercurio y Cianuro,
purgado, desoxigenado, solemne, crudo.
Cual caballo de Troya e hilo de Ariadna,
la traición, el infierno sucumbió por la mañana.
Caos, trifulca de moléculas, heridas con saña.
Reducidos y simplificados a la más baja calaña.
Soy la tierra pero no tu ascendente,
eres el niño pero no el narciso clemente.
Desnuda tu alma, vacía y diminuta,
destila psicosis, seductora cicuta.
Borracha y asqueada de tanto veneno,
con el útero sollozando y ardiendo.
Encontré en mi mariposa ósea la dilución,
exactamente en el límite mínimo de concentración.
Brota la sangre, mis válvulas, arterias y venas excitadas,
cual paloma en truco de magia liberada.
El grisáceo se convirtió en vigor,
tus colmillos se ahogan en clamor.
Con cada capilar de mi ser,
hasta la última célula a merced.
Ahora ¿Quién te va a calmar la sed?
Si ya no se sabe ni se oye tu cascabel.
