Finalmente se asentó la estación. El vaivén de los vientos, la temperatura atmosférica y le abrí la puerta para que se vaya.
Siempre voy en desintonía. Y esta vez fue bastante persistente la homogeneidad de la no-emoción.
Otra vez me hallo en las penumbras de mi zona de confort. La saliva espesa atorada por debajo de la lengua, el ritmo cardíaco lentamente acelerándose.
Estas semanas de alienación me sirvieron de otro tipo de ojos. Observé con detenimiento el transcurrir del tiempo, la oxidación de la materia, las partículas que se impregnan en lo estático. El ciclo de vida de la naturaleza, los pasos de miles de pies, la entrada del Sol y la perpetuidad de la Luna.
No encuentro mi voz. Me duele en las entrañas haberme callado por completo, ya no sé cómo hablar.
No me sé expresar, no encuentro palabras, me reprimí tantas veces y terminé condenándome.
No puedo reencontrarme con mi cuerpo, mi mente se alejó tanto que ya no logro hacerme entender que es parte mío también. Mis músculos están blandos y finos como hojaldre, mis huesos son las curvas de mi piel. Sin embargo, sigo sin poder percibirme como un todo, sólo sé que esto es el vehículo de mente.
Cada día me marchito un poco más, cada día es uno menos, la construcción de un futuro patológico.
Me observo en el espejo y desconozco las facciones, la mirada, la curvatura de mis ojos y las comisuras de mis labios. Sólo sé que soy yo porque no hay nadie más acá. Con el paso del tiempo hasta dejé de invertir tiempo en adornarme.
Me siento vieja, siento como si hubiera vivido miles de años. Pero tengo 27 inviernos tallados en cada órgano, la concepción temporal de mi cerebro va en otra frecuencia... y estoy cansada.
No hay estado que me conforme en totalidad, siempre algo me inquieta.

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