domingo, 10 de febrero de 2019

El Laberinto.


Sólo intuyo mi existencia por la taquicardia de los temores nocturnos,
recuerdo cuando nuestros ritmos cardíacos conservaban una sinergia cual composición musical.
Entender a la perfección que yacía un ser vivo, con otro cerebro y otras vivencias, tan cerca mío, me hacía dar cuenta de lo complejos que somos.
Eras el cable a tierra, el mundo con otros ojos, virtudes y defectos hechos carne y huesos. Un cable en otra frecuencia, un saco de órganos de diferentes proporciones a las mías.
¿Tendrá todo un significado? ¿O es sólo obsesión mía?
Qué frustración que supone darse cuenta de los errores del pasado. No se puede hacer nada, algunos nacemos con ciertas voluntades infinitas, otros sólo pasan página y ver qué tiene el mercado para ofrecer.
Me siento atrapada en el lado oscuro de la vida, no soporto no tener la respuesta a cada condición que se me ha impuesto.
No puedo evitar sentirme una rata de laboratorio.
Será que crecí en un seno católico, donde cada desgracia se justificaba con un "Dios nos pone a prueba". ¿Es que acaso somos el experimento de alguien? ¿Somos todos un colectivo de pruebas y errores conviviendo?
Me cuesta entender que hay mentes que no llegan hacia el más recóndito rincón de la perdición como lo he hecho innumerables veces.  Cómo es que todo esto es una lotería y al que le toca, le toca.
Por qué tenemos experiencias con ciertos individuos y otros no, por qué algunos somos más indignos que otros.
Es exasperante creer en determinado momento que llegaste a un punto de satisfacción de dudas. Cuando es sólo un breve punto muerto, no hay que esperar demasiado para volver a preguntarse un millón de cosas más.
Los únicos momentos donde me asombro es cuando obtengo respuestas a preguntas que jamás hice, las mentes retorcidas de otras formas.
Si me das el tiempo necesario, jamás voy a dejar de indagar. Pero aún no he conocido la persona dispuesta a obsequiar eternas horas.
Ahora no yace nadie, y me quedo preguntándome en silencio, relacionándome tácitamente conmigo misma.
Me interesaba hasta saber con certeza los porcentajes y concentraciones de oxígeno que recorrieron tus alvéolos, los kilómetros que se asentaron en las plantas de tus pies, los litros de lágrimas que brotaron de tus ojos.
Quisiera poder verme a través de alguien y suponer que en la subjetividad ajena me veo simple y para nada perturbada. Sólo para verificar que somos todos los que estamos retorcidos y no percibimos los vacíos ajenos.
Alguna vez me confirmé odiadora de la matemática, hoy tengo una relación de amor/odio, invento mis propias estadísticas y a la vez, percibo las reales. Sólo busco que mi corazón vuelva a latir en armonía, marcar el compás de aquel otro que interprete la canción.
Mi contexto podrá brindar una imagen de que mi cabeza es un caos, pero soy un código enigma, está todo fríamente calculado. Lo único que necesito es aquel que entienda la lógica y resuelva el rompecabezas, porque yo no lo puedo hacer. Es por esto que amamos.
Creo que es la primera vez que voy a admitir que odio ser el Minotauro, ya hace tiempo dejé de sentirme especial. No soy más que un trabalenguas para mí misma, soy la incapacidad de medir el universo.
Quiero dejar de mirar para encontrarte, porque lo único que aparecen son alucinaciones. Y lo que realmente busco es aniquilar por completo mi corazón, para situarme en aquel lugar que tanto conozco, odiando el mundo y a todo.
Soy consciente pero no tengo las herramientas para revertirlo. Mi destreza es mental pero no práctica.
Sin embargo todo se sigue distorsionando, de tan complejo ya no distingo la verdadera realidad.
Ni siquiera sé si esta esperanza que se aloja en mí algún día me dará réditos.